dimarts, 30 d’octubre de 2012

El "rastrillo" de Tetuan


Tetuán es un barrio curioso de Madrid. Se extiende al norte de la glorieta de Cuatro Caminos, a un lado y a otro de la bulliciosa calle Bravo Murillo. Residencialmente, el barrio es una mezcla de una población autóctona muy envejecida, de comunidades de inmigrantes (el 27% de los residentes son nacidos fuera de España, es el distrito con un mayor porcentaje de todo Madrid) y de ciertas clases medias que tratan de alejarse del corazón del barrio y se van hacia su periferia (en el Oeste, cerca uno de los parques más bonitos de Madrid, la Dehesa de la Villa, o en el Este, en los acomodados barrios de Orense y Castellana). En medio de este “crisol”, como dirían los cursis, hay muchísimo comercio minorista, varios cines, locales de las omnipresentes cadenas de venta de ropa con música estridente, kebaps de todo tipo y condición, y uno de los mejores mercados de todo Madrid, el Mercado de Maravillas. 
Más al norte, si uno sigue subiendo por Bravo Murillo, uno se encontrará con la calle Marqués de Viana, donde los domingos y fiestas de guardar, desde el principio de los tiempos, se celebraba un mercadillo que por motivos obvios fue bautizado de forma popular como “el rastrillo”. Allí uno podía encontrar fundamentalmente ropa, aunque también había puestos con libros y casettes de segunda mano, ferreterías, puestos de fruta, activistas tratando de difundir sus ideas y, para mí lo más importante, grupos de niños que intercambiaban cromos (durante los duros ochenta se establecían también vendedores de objetos robados, pero eso fue desapareciendo progresivamente, quizá como consecuencia del progreso, quizá del acoso de los municipales).
Hacía mucho tiempo que no volvía al rastrillo. La última vez fue poco antes de que, con motivo de la construcción de un túnel, obligaran al mercado a trasladarse “de manera provisional” a una calle mucho más al norte. Hoy he vuelto pensando que, casi ocho años después (y con el túnel más que acabado) el rastrillo habría vuelto a su lugar original. Pero no. Igual que hace ocho años, las asociaciones de vecinos del barrio y los vendedores se quejan del emplazamiento actual (una calle desangelada rodeada de construcciones de la época de la burbuja), pero el Ayuntamiento parece convencido de que cortar una calle importante al tráfico para que la gente pasee y haga vida de barrio durante unas horas el domingo por la mañana no es muy buena idea. 
A pesar del frío, del Ayuntamiento, y de la nueva ubicación, he encontrado a los intercambiadores de cromos en un apartado parque infantil. Y he descubierto dos cosas. En algún momento de las últimas dos décadas, al mundo de los cromos han llegado la democracia y el capitalismo. La democracia, porque el rango de gente que intercambia cromos es mucho más plural que antes: ahora hay niñas, hay padres que hacen los álbumes para sus hijos que apenas saben hablar, hay adolescentes (un poco friquis, la verdad), y hay hasta ancianos que hacen su álbum no para sus nietos, sino para ellos mismos. Y el capitalismo, porque hay grupos de niños que ¡venden cromos! La estructura de precios es relativamente sofisticada: los precios varían en función de cuánto de escaso es el cromo en cuestión. Pensándolo bien, es un desarrollo perfectamente normal, comprensible y hasta saludable, pero para alguien que creció en los ochenta, es una novedad bastante difícil de asumir.
Bravo Murillo y la calle que ahora acoge al rastrillo acaban en un lugar inhóspito e incomprensible, la plaza de Castilla. Álex de la Iglesia la hizo famosa al ubicar allí, con toda lógica a mi juicio, el inicio del Apocalipsis en el “El Día de la bestia”. Es un lugar en permanente y acelerado deterioro. Por si no fuera suficiente la escultura a Calvo Sotelo, un depósito de agua, las torres KIO o los edificios de los juzgados, Bankia, en una de sus últimas decisiones burbujiles, tuvo el detalle de hacer una contribución adicional: regalar al pueblo de Madrid (sin pagar el mantenimiento, eso sí) un monumento aún más absurdo que los ya presentes. Y decidió encargárselo, cómo no, al prolijo Santiago Calatrava. Desconozco el nombre oficial de semejante armatoste (dorado y giratorio, para más señas), pero los madrileños, con su hostilidad mesetaria al uso de eufemismos y de matices, le han denominado (con perdón) “el pollón de Gallardón”. Hoy nadie le hace fotos, pero quién sabe si dentro de cuarenta años, los autobuses de turistas pararán y un guía les explicará en qué consistía todo esto. Quizá entonces nosotros también lo entendamos.

Hernandez y Fernandez 

1 comentari:

Clara ha dit...

Ara caldrà comparar el de Tetuán amb el de Sant Antoni ;-)