Junto
a la plaza de Legazpi, antiguo punto de encuentro del Madrid castizo con el sur
emigrante de la ciudad, está una de las infraestructuras culturales más
modernas y con más vida del Madrid actual: el Matadero. Es un ejemplo perfecto de una de las transformaciones que
presenciamos hoy en todas las ciudades. Tenemos preciosos edificios industriales
que queremos mantener, pero como ya es imposible subvencionar las pedestres actividades
para las que fueron diseñados, los dedicamos a otras, supuestamente más altas y
profundas y, lo más importante, que sí podemos subvencionar.
El
nombre recuerda el antiguo uso de las naves que lo albergan, y ocupa un espacio
magnífico al lado del río Manzanares. De hecho, a un extremo del Matadero
inicia (o acaba, según se mire) otro de los proyectos megalómanos de la
administración municipal: Madrid Río, una sucesión de parques, pasarelas y
columpios con los que el gobierno municipal decidió tapar la soterrada autovía
de circunvalación M-30. Es por ello un lugar muy recomendable para hacer un
largo paseo por el Madrid “fluvial” (si me permiten la cursilería) que acabe,
por ejemplo, en la Casa de Campo o el Palacio Real.
Hoy
en lugar de hacer ese paseo hemos echado la mañana en el Matadero. El espacio
es muy agradable, como lo son siempre aquellos que recuerdan a la revolución
industrial (una de mis debilidades, lo siento). Y no se puede decir, que pese a
lo grande del sitio, esté infrautilizado. Al entrar, una larga cadena de pósters
de eventos (uno tiene que mirar en la letra pequeña para averiguar si se trata
de obras de teatro, exposiciones, proyecciones de cortometrajes o
“performances”) nos recuerda que estamos ante un lugar de una magnífica “oferta
cultural (odio esta expresión). Hoy nos hemos metido en el primero que hemos
visto, (¿un teatro para niños recién empezado? ¡vamos allá!) y lo que allí
hemos visto allí me sirve (injustamente) para hablar de los sentimientos que me
provoca toda la infraestructura:
Primero,
las “naves” que acogen las actividades son espacios muy funcionales que siempre
dan la impresión de estar a medio hacer, o a medio completar, o a medio
disfrutar. Siempre en plena mudanza. Como no me sé explicar mejor, ahí lo dejo.
Segundo, juntar el postmodernismo, el postindustrialismo, y todos los post que en el mundo han sido con el entretenimiento no siempre sale bien. En una obra de teatro para niños de 2 a 8 años hacer monólogos sobre cómo la ciudad no es otra cosa que es una interconexión de hilos invisibles, y pasearse en silencio por una estructura semideconstriuda no es siempre la mejor idea.
Tercero, es un sitio necesario para la generación y el desarrollo del talento. La desconocida actriz que representaba tan ambicioso texto hacía una labor admirable. Con sus trabajadas tablas, era capaz de sacar la obra adelante y de conseguir una (moderada) complicidad de los niños haciéndoles subir al escenario en la parte final de la obra. Necesitamos que esta gente tenga espacios para crecer. Quizá esa sea la principal finalidad de este sitio, y bien está que así sea.
Así que vayan al Matadero. Por cierto, no dejen de pasar por la “Cantina” para tomar algo. El lugar es muy original, dan cosas de comer ricas y, muy importante, tiran bien las cañas (por supuesto, Mahou). Pero vayan preparados. Es de los sitios más pretendidamente hipsters de Madrid. Si es sólo para un rato es divertido.
Hernández
y Fernández
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