El año anda más movidito de lo habitual por la
Capital del Reino y no damos abasto. A las múltiples cuitas de estos agitados tiempos,
se sumó hace unas semanas la amenaza de cierre de nuestro hospital, La
Princesa. Sí señores, los abajo firmantes, tenemos el honor de compartir hospital
con Ana Botella y los suyos. No todo iban a ser desgracias en este año aciago.
Seguramente habrán tenido ustedes ocasión de seguir por la prensa el espectáculo surrealista que las autoridades de nuestra ciudad han ofrecido al hilo de este asunto. De la noche a la mañana se comunicó la inminente transformación del hospital en un centro especializado en personas mayores. Los trabajadores se encerraron como protesta, y pacientes y vecinos se movilizaron de inmediato. A los pocos días, Ana Botella, su yerno, su hija y el insigne Jaime de Marichalar acudieron a visitar a un amigo ingresado allí. Para congraciarse con los trabajadores del centro y, según algunos, para desviar la atención de la desgracia del Madrid Arena, la alcaldesa firmó la petición contra el desmantelamiento de La Princesa. Al día siguiente, su compañero de partido y Presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, afirmaba sin recato alguno que “la alcaldesa no se ha enterado de lo que pasa...". Las movilizaciones continúan y se extienden a muchos otros hospitales de la región y apenas una semana después, Fernández-Lasquetty, Consejero de Sanidad, desactiva el plan de transformación de La Princesa en geriátrico. Eso sí, el Consejero lo dejó bien clarito: las 368.108 firmas contra el desmantelamiento de La Princesa no han tenido nada que ver. Ni siquiera las de la alcaldesa y familia. No vaya a ser que tomemos por costumbre lo de protestar. Y no nos vayamos a creer que sirve de algo.
Quienes temieron que la marcha de Esperanza
Aguirre privaría a esta ciudad del mínimo de distracción y cinismo saludable,
se equivocaban. Madrid es una fiesta, una fiesta continua.

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